Patrones8 min de lectura18 de agosto de 2024

La niña buena no desapareció cuando creciste. Solo aprendió a decir «no pasa nada».

Hay una forma de cuidar a los demás que en realidad es una forma de desaparecer. Y funciona tan bien que casi no se nota.

Aprendiste muy pronto que ser buena funcionaba.

No en el sentido de que te lo enseñaran de forma explícita. Nadie se sienta a decirte "compórtate o las cosas se complican". Pero lo aprendes igual.

Lo aprendes cuando ves cómo cambia el ambiente cuando alguien se molesta.

Lo aprendes cuando hacer preguntas genera tensión.

Lo aprendes cuando pedir cosas genera culpa —aunque la culpa sea de nadie en particular.

La estrategia que sobrevivió a la infancia

La niña que aprende a ceder para mantener la calma no está siendo manipulada —o no necesariamente. Está siendo práctica.

Está resolviendo el problema con los recursos que tiene.

El problema es que esa solución, tan eficiente en ese contexto, viaja con ella.

Y décadas después, sigue apareciendo. Ya no en la misma forma —ya no como una niña que contiene la respiración cuando hay tensión— sino como una adulta que dice "no pasa nada" cuando sí pasa.

Lo que cuesta decir «no pasa nada»

No es un coste que se vea desde fuera. Es un coste interno.

Es la acumulación de pequeños ajustes que se hacen para que el otro esté cómodo.

Es la energía que se gasta en anticipar lo que el otro necesita antes de que lo pida.

Es la constante revisión de si lo que sientes es "proporcionado" o si estás exagerando.

Y es la distancia creciente entre lo que sientes y lo que expresas.


Identificar el patrón no cambia nada por sí solo. Pero es el primer paso necesario.

Porque no puedes decidir qué hacer con algo que no puedes ver con claridad.